El sol apenas asoma entre el bananal cuando Mercedes termina de envolver las pocas pertenencias en una hamaca de algodón, convertida en atado. Sus manos tiemblan, no por el frío del amanecer, sino por la urgencia que le martilla el pecho desde que Evaristo llegó anoche con la noticia: los colorados avanzan hacia el pueblo, haciendo estragos a su paso.
—Mamá, ¿por qué guardás mis juguetes? —pregunta Miguelito, frotándose los ojos con los puños cerrados. Tiene seis años y el cabello revuelto como un nido de aves.
Mercedes mira a Evaristo, quien amasa nerviosamente su sombrero de paja entre las manos. El hombre se arrodilla frente al niño, buscando palabras como quien busca agua en tierra seca.
—Hijo, ¿te acordás cuando jugamos a los exploradores? —dice con voz suave—. Hoy vamos a hacer un viaje largo, como los exploradores de verdad.
El niño asiente, pero su ceño fruncido evidencia que algo no encaja. Afuera, el canto de los pájaros se mezcla con el rumor lejano de voces y cascos de caballos. Mercedes cierra los ojos un instante, recordando cuando esos mismos sonidos significaban el inicio de un día de trabajo, no de huida.
—¿Y mamá también va a jugar? —consulta Miguelito.
Evaristo traga saliva. Sus ojos buscan los de Mercedes, y en esa mirada se condensan tres meses de guerra, de familias divididas, de hermanos que se matan por colores que nunca eligieron.
—Sí, mi amor. Mamá también va.
Mercedes se acerca y pone una mano en el hombro de su esposo. Siente la tensión en sus músculos, más que nada, por la carga de las decisiones que debe tomar para mantener viva a su familia. Él es liberal, como su padre. Ella viene de una familia colorada, pero el amor borró esas fronteras mucho antes de que la guerra las convirtiera en cercos eléctricos.
—Evaristo —susurra—, tenemos que decirle algo. No puede ir por el mundo sin entender.
El hombre se incorpora y camina hacia la ventana. A lo lejos, una columna de humo se alza como una oración negra.
—¿Cómo le explicas a un niño que el país se está devorando a sí mismo? —dice sin voltear—. ¿Cómo le decís que los hombres se matan porque unos creen en una cosa y otros en otra?
Mercedes toma a Miguelito en brazos. El niño huele a sueño y a la leche agria del desayuno que no pudo terminar.
—Miguelito —le dice, acariciándole el cabello—, ¿vos sabés que hay gente que piensa diferente? Como cuando vos querés jugar con las balitas y tu primo Ramón quiere jugar a la pelota.
—Sí —responde el niño—. Pero después siempre jugamos los dos juntos.
—Claro, mi amor. Pero a veces los grandes se olvidan de cómo jugar juntos. Se enojan mucho y se pelean mal, se pelean grande. Y cuando se pelean mal, lastiman a las familias que no se quieren pelear.
Evaristo se da vuelta. Su rostro muestra la fatiga de quien ha perdido la fe en la humanidad, pero no en su familia.
—Nosotros no nos queremos pelear, hijo. Por eso vamos a caminar un poco, hasta que los otros grandes se calmen y aprendan a jugar juntos otra vez.
El niño lo mira con esos ojos enormes que tienen los chicos cuando intuyen que el mundo es más complicado de lo que creían.
—¿Y van a tardar mucho en calmarse?
La pregunta los atraviesa como un machete a los bananos. Mercedes siente que se le quiebra algo adentro. Evaristo aprieta los puños.
—No sabemos, Miguelito. Pero mientras tanto, nosotros vamos a estar juntos. Y vamos a cuidarnos mucho, como se cuidan los pájaros cuando migran.
—¿Los pájaros migran cuando se pelean?
—No, mi amor —responde Mercedes—. Los pájaros migran cuando buscan un lugar mejor. Y nosotros también vamos a buscar un lugar mejor, donde puedas correr y jugar tranquilo.
Evaristo se acerca y abraza a su mujer y a su hijo. En ese abrazo caben todas las noches de insomnio, todos los rumores de muerte, todos los miedos que han callado para no asustar al niño. También caben la esperanza y la certeza de que, pase lo que pase, no van a dejar que la guerra les robe lo único que importa: su familia.
—¿Vamos a volver algún día? —pregunta Miguelito.
Mercedes mira la ventana de la casa donde nació, donde se casó, donde vio dar sus primeros pasos a su hijo. Las paredes de adobe conocen sus secretos, sus risas, sus lágrimas. Pero también conocen el miedo, ese un huésped incómodo que a veces se queda demasiado tiempo.
—Sí, mi amor. Cuando los grandes aprendan a llevarse bien, vamos a volver.
Evaristo carga el atado sobre la espalda y abre la puerta. El aire de la mañana es fresco y entra como un soplo de futuro incierto. Miguelito se aferra a la mano de su mamá, pero no llora. Hay algo en la resolución de sus padres que le da una paz extraña, como entendiendo que los adultos, por primera vez le están diciendo toda la verdad.
Salen de la casa y caminan sin mirar atrás. El sendero que cruza el monte los espera, y más allá el río y la frontera. Miguelito comienza a silbar una guarania que le enseñó su abuelo, y el sonido se mezcla con el canto de los pájaros que también buscan, en su eterno vuelo, un lugar donde anidar en paz.
La guerra puede quemar las casas, las tierras, incluso golpear los sueños. Pero no puede llevar el amor que une a una familia, ni la esperanza que florece en el corazón de un niño que todavía cree que los adultos, como lo hacen él y su primo, aprenderán a jugar juntos algún día.
Fin.