miércoles, 31 de diciembre de 2025

Deseos

No lo había pensado en detalle, pero cada año conozco a alguien con quien conecto especialmente. Una de las últimas personas que conocí me dijo, a principios de año, con una alegría sincera: «Vi en tu estado, tu guampa junto a la piscina». Y recordé esa reflexión (de y para los tiempos modernos) sobre cómo en las redes podemos saber cuántas personas «ven» nuestro contenido y compararlo con los «me gusta» que recibe, que suelen ser bastante menos, de donde se estima que: muchos ven nuestra alegría, pero pocos la celebran.

Menciono lo anterior como contexto para cerrar el año, deseándonos:

Un 2026 donde...
...conozcamos personas con las que podamos conectar, por su pensamiento, su sentir y su compromiso.
...puedan ver y compartir nuestras alegrías.
...podamos ver y compartir las alegrías de otras personas.
...podamos ver nuestras propias alegrías, por encima de todo.

Un 2026...
...donde las redes sean sociales.
...donde lo social sea solidario.
...donde el objetivo sea la justicia.

Un 2026...
...donde no nos falta el tereré.
...si es posible una piscina.
...y con quién compartirlo, sobre todo.

Que vengan la vida y la alegría.
Que la vida y la alegría sean vistas y celebradas.

Feliz 2026.


Vuelta a las raíces

Deseo para el 2026 que siempre tengan una foto que les evoque algo, y si es posible, una vuelta a las raíces.


Que siempre sientan.

Lutería en Luque, perfil en instagram: https://www.instagram.com/luteria.luque/


Sursum corda

Sursum corda es un poema de Amalia Bautista, poeta española nacida en 1.962.
"Sursum corda" significa "arriba los corazones", en latín.
Ideal para un 31 de diciembre. 

A veces es muy fuerte la tentación,
las ganas de abandonarlo todo, de dejarse,
que ya no son edades, ya no es tiempo,
que ya está todo hecho, muy mal hecho.
Es fácil la pereza y es difícil
embarcarse de nuevo en la tarea
de rescatar las ilusiones.
Pero tú, corazón, sigue latiendo
mientras te deje el mundo.
Hoy es el día, hoy es el primer día,
y ya nunca seremos más jóvenes que ahora.

domingo, 28 de diciembre de 2025

La migración de los pájaros

El sol apenas asoma entre el bananal cuando Mercedes termina de envolver las pocas pertenencias en una hamaca de algodón, convertida en atado. Sus manos tiemblan, no por el frío del amanecer, sino por la urgencia que le martilla el pecho desde que Evaristo llegó anoche con la noticia: los colorados avanzan hacia el pueblo, haciendo estragos a su paso.

—Mamá, ¿por qué guardás mis juguetes? —pregunta Miguelito, frotándose los ojos con los puños cerrados. Tiene seis años y el cabello revuelto como un nido de aves.

Mercedes mira a Evaristo, quien amasa nerviosamente su sombrero de paja entre las manos. El hombre se arrodilla frente al niño, buscando palabras como quien busca agua en tierra seca.

—Hijo, ¿te acordás cuando jugamos a los exploradores? —dice con voz suave—. Hoy vamos a hacer un viaje largo, como los exploradores de verdad.

El niño asiente, pero su ceño fruncido evidencia que algo no encaja. Afuera, el canto de los pájaros se mezcla con el rumor lejano de voces y cascos de caballos. Mercedes cierra los ojos un instante, recordando cuando esos mismos sonidos significaban el inicio de un día de trabajo, no de huida.

—¿Y mamá también va a jugar? —consulta Miguelito.

Evaristo traga saliva. Sus ojos buscan los de Mercedes, y en esa mirada se condensan tres meses de guerra, de familias divididas, de hermanos que se matan por colores que nunca eligieron.

—Sí, mi amor. Mamá también va.

Mercedes se acerca y pone una mano en el hombro de su esposo. Siente la tensión en sus músculos, más que nada, por la carga de las decisiones que debe tomar para mantener viva a su familia. Él es liberal, como su padre. Ella viene de una familia colorada, pero el amor borró esas fronteras mucho antes de que la guerra las convirtiera en cercos eléctricos.

—Evaristo —susurra—, tenemos que decirle algo. No puede ir por el mundo sin entender.

El hombre se incorpora y camina hacia la ventana. A lo lejos, una columna de humo se alza como una oración negra.

—¿Cómo le explicas a un niño que el país se está devorando a sí mismo? —dice sin voltear—. ¿Cómo le decís que los hombres se matan porque unos creen en una cosa y otros en otra?

Mercedes toma a Miguelito en brazos. El niño huele a sueño y a la leche agria del desayuno que no pudo terminar.

—Miguelito —le dice, acariciándole el cabello—, ¿vos sabés que hay gente que piensa diferente? Como cuando vos querés jugar con las balitas y tu primo Ramón quiere jugar a la pelota.

—Sí —responde el niño—. Pero después siempre jugamos los dos juntos.

—Claro, mi amor. Pero a veces los grandes se olvidan de cómo jugar juntos. Se enojan mucho y se pelean mal, se pelean grande. Y cuando se pelean mal, lastiman a las familias que no se quieren pelear.

Evaristo se da vuelta. Su rostro muestra la fatiga de quien ha perdido la fe en la humanidad, pero no en su familia.

—Nosotros no nos queremos pelear, hijo. Por eso vamos a caminar un poco, hasta que los otros grandes se calmen y aprendan a jugar juntos otra vez.

El niño lo mira con esos ojos enormes que tienen los chicos cuando intuyen que el mundo es más complicado de lo que creían.

—¿Y van a tardar mucho en calmarse?

La pregunta los atraviesa como un machete a los bananos. Mercedes siente que se le quiebra algo adentro. Evaristo aprieta los puños.

—No sabemos, Miguelito. Pero mientras tanto, nosotros vamos a estar juntos. Y vamos a cuidarnos mucho, como se cuidan los pájaros cuando migran.

—¿Los pájaros migran cuando se pelean?

—No, mi amor —responde Mercedes—. Los pájaros migran cuando buscan un lugar mejor. Y nosotros también vamos a buscar un lugar mejor, donde puedas correr y jugar tranquilo.

Evaristo se acerca y abraza a su mujer y a su hijo. En ese abrazo caben todas las noches de insomnio, todos los rumores de muerte, todos los miedos que han callado para no asustar al niño. También caben la esperanza y la certeza de que, pase lo que pase, no van a dejar que la guerra les robe lo único que importa: su familia.

—¿Vamos a volver algún día? —pregunta Miguelito.

Mercedes mira la ventana de la casa donde nació, donde se casó, donde vio dar sus primeros pasos a su hijo. Las paredes de adobe conocen sus secretos, sus risas, sus lágrimas. Pero también conocen el miedo, ese un huésped incómodo que a veces se queda demasiado tiempo.

—Sí, mi amor. Cuando los grandes aprendan a llevarse bien, vamos a volver.

Evaristo carga el atado sobre la espalda y abre la puerta. El aire de la mañana es fresco y entra como un soplo de futuro incierto. Miguelito se aferra a la mano de su mamá, pero no llora. Hay algo en la resolución de sus padres que le da una paz extraña, como entendiendo que los adultos, por primera vez le están diciendo toda la verdad.

Salen de la casa y caminan sin mirar atrás. El sendero que cruza el monte los espera, y más allá el río y la frontera. Miguelito comienza a silbar una guarania que le enseñó su abuelo, y el sonido se mezcla con el canto de los pájaros que también buscan, en su eterno vuelo, un lugar donde anidar en paz.

La guerra puede quemar las casas, las tierras, incluso golpear los sueños. Pero no puede llevar el amor que une a una familia, ni la esperanza que florece en el corazón de un niño que todavía cree que los adultos, como lo hacen él y su primo, aprenderán a jugar juntos algún día.

Fin.


1947. Un romance peligroso

 La luz mortecina de la vela dibuja sombras danzantes en las paredes descascaradas. Dos cuerpos desnudos se arriman, conversan:

—Es linda tu ciudad—dice ella, antes de morderle los labios.

—Y más cuando vos estás en ella —contesta él, apretándola aún más hacia su cuerpo.

El sudor se enfría en los cuerpos entrelazadas que en ese momento no escuchan los tambores del destino, que anuncian una guerra cercana. Luque arde esta noche de marzo, pero en la habitación del cuarto barrio, el tiempo parece suspendido entre las sábanas arrugadas y el aroma a jazmín que ella tiene en el cabello.

Él se acomoda y acaricia la curva de su espalda, siguiendo con los dedos el sendero que sus labios trazaron minutos antes. Ella se acurruca contra su pecho, fingiendo el sueño, pero sus sentidos permanecen alerta a cada sonido que llega desde la calle: el galope de caballos, algunos gritos en guaraní, e inclusive el silbato agudo de las patrullas.

—Esos silbatos me quitan la calma —dice ella acomodándose el pelo.

—A mí, en cambio, tu belleza me calma el corazón herido—susurra él.

Ella se incorpora lentamente, permitiendo que la sábana resbale hasta su cintura. Sus ojos buscan los de él en la penumbra.

—¿Realmente crees que pueden derrocar a Morínigo? —pregunta con tono de preocupación, o miedo—. El gobierno cuenta con el ejército, y con el apoyo de la mayoría de los colorados.

Él se sienta en el borde de la cama. Saca una caja de fósforos de la mesa de noche y enciende un cigarrillo con las manos que aún le tiemblan por la pasión reciente.

—Nosotros tenemos la razón, Esperanza. Y tenemos al pueblo. Los obreros, los estudiantes, hasta militares hay que están hartos de esta dictadura, cada vez más desenmascarada.

—Pero mi hermano dice que los comunistas se han infiltrado en el movimiento febrerista. Que Stalin maneja los hilos de esto desde Moscú.

Una sonrisa amarga cruza el rostro curtido de Aurelio. A los treinta y dos años, lleva ya demasiadas batallas en el cuerpo y en el alma.

—Los colorados siempre han tenido miedo del fantasma comunista. Es su excusa para justificar la represión. Tu hermano trabaja en el Ministerio del Interior ¿verdad? 

Ella se levanta, camina desnuda hasta la ventana. Sus movimientos son graciosos y delicados, calculados. Él la contempla con adoración, sin notar cómo sus ojos escudriñan la calle a través de las rendijas.

—¿Y si fracasan? ¿Qué será de nosotros?

—No fracasaremos. Por el momento parecemos Romeo y Julieta, pero nuestro final será diferente.  No moriremos, morirá lo que nos dificulta estar juntos…

—Por momentos me cuesta estar tranquila. Lo que mi hermano no me cuenta lo vamos escuchando en las reuniones. Tenemos que tener más cuidado.

—Y lo tendremos... no queremos anarquía, queremos orden. No queremos muertes, solo cambio.

—Suena tan sencillo en tus labrios…

—Es que lo será —Las palabras fluyen de él con la confianza de quien ha memorizado cada detalle del plan— Mañana cruzamos el río Paraguay hacia el Chaco. Allí se nos unirán los hombres de Bozzano. En una semana estaremos marchando sobre el Palacio de Gobierno.

La respiración de ella se acelera imperceptiblemente. Vuelve junto a él, le quita el cigarrillo y se sienta en sus piernas.  Toma su rostro con ambas manos y con los ojos casi llorosos le dice:

—¿Cuántos son? ¿Qué armas tienen? No hagan una locura… hay que hacer como ellos y sumar a más gente antes.

—La sorpresa nos dará la ventaja. Somos más de mil. Tenemos rifles, ametralladoras que conseguimos de los arsenales de Campo Grande. Algunos militares de ahí dicen que los pilotos de la aviación también están con nosotros.

Ella se abraza a él para esconder el llanto, pero eso es imposible. El la escucha y siente las gotas sumarse en su espalda, como retazos de una plegaría soltada al viento.

—No tengas miedo, che koraso jára . Cuando todo termine, nos iremos a Buenos Aires. O a París, como siempre soñaste.

Esperanza se viste lentamente, cada prenda es parte de un ritual de transformación. La blusa blanca, la falda roja, los zapatos de cuero que la convierten de amante en señorita de sociedad. Aurelio la observa desde la cama, fumando su segundo cigarrillo.

—Mi prima Mercedes trabaja en la embajada argentina —comenta ella, abrochándose la blusa—. Dice que Perón no apoya oficialmente la revolución, pero están preparando armas que cruzarán la frontera.

—¿Tu prima habla mucho de política?

—Las mujeres también tenemos opiniones, Aurelio. No solo servimos para calentar la cama —dice, visiblemente molesta.

Él se incorpora, sorprendido por el tono cortante. En los dos meses que llevan de encuentros clandestinos, nunca la había oído hablar así.

—No quise decir eso, perdóname. Es que estos días... uno desconfía hasta de su sombra.

Ella se acerca, lo besa con una pasión que parece desesperada, casi culposa.

—¿Desconfías de mí?

—No. Sos lo único puro que me queda en este mundo podrido.

Por la ventana llegan voces cada vez más cercanas. Un grupo de hombres discute en la esquina.

—Es hora de que me vaya —susurra ella—. Si mi padre descubre que no dormí en casa...

—Es peligroso salir ahora.  Quédate hasta el amanecer. 

—Conozco las calles. Sé cómo moverme sin que me vean.

—No vas a ir a Asunción a esta hora.

—Voy a la casa de mi tía, cerca del santuario. Desde ahí iremos juntas con mi prima.

Mientras se peina frente al espejo roto, Esperanza observa el reflejo de Aurelio. Se pierde viendo sus músculos marcados por años de trabajo en los astilleros, las cicatrices de antiguas peleas, el tatuaje que dice "Libertad o Muerte" en el brazo izquierdo. Le parece un hombre fuerte y excitante.

—¿Cuándo volverás? —pregunta él, somnoliento.

—Pronto. Muy pronto —responde ella, terminando de peinarse.

Antes de salir, guarda en su cartera un pequeño papel.  Se acerca a la cama una última vez, besa la frente sudorosa del hombre que ya dormita, agotado por el amor y las tensiones del día.

—Adiós… —susurra, y dice algo más en un tono triste, pero que el amante ya no llega a escuchar.

Sale de la casa y se dirige hacia el viejo camino que conecta San Lorenzo con Luque. Mientras avanza, quiere pensar en las manos fuertes de Aurelio escurriéndose entre sus bragas, quiere verlo de nuevo bajándose el calzoncillo antes de abalanzarse sobre ella en la cama, apasionado. Pero no puede. En su mente solo se repite la escena vivida en Asunción a principios de año…

*

Se encuentra en el despacho del comandante Ramírez, oficina mal iluminada con olor a tabaco y miedo. Está sentada frente al escritorio, con las manos temblorosas sobre el regazo.

—Tu hermano nos ha hablado de ti —dice el oficial colorado—. Una joven inteligente, patriótica. Que ama a su país, más de lo que podría amarse a cualquier hombre.

—Disculpe. Todavía no entiendo por qué me han citado, comandante.

—Desde que los miliares anarquistas fueron detenidos, los febreristas reclutan mujeres. Las usan para seducir a nuestros oficiales y obtener información. Es una táctica antigua pero eficaz.  Necesitamos alguien que se infiltre en sus círculos sociales, y que les hagamos lo mismo.

—Yo no soy... no podría...

— El Estado puede ser generoso con quienes sirven a la patria, Esperanza... Sé que tu padre debe tres meses de alquiler, y que tu madre necesita unos remedios caros para el corazón. No sería bueno que tu hermano y vos pierdan sus trabajos…

Esperanza mira unas fotografías que hay sobre el escritorio. Hombres jóvenes con uniformes, todos muertos en ataque sorpresas de guerrillas. Entre ellos reconoce a Eduardo, su primo, caído la semana anterior.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunta entonces.

—Frecuentar los cafés donde se reúnen. Hacerte amiga de sus mujeres. Y si surge la oportunidad... usar todos los recursos que Dios te dio —dice el comandante, sin ocultar lujuria.

*

Antes de que canten los gallos, Esperanza llega al centro de la ciudad. En vez de ir hacia el santuario gira hacia la plaza central. Camina pegada a las paredes y rejas, evitando los charcos de luz de las escasas farolas que aún funcionan.

La comisaría central funciona como centro de operaciones de las fuerzas leales. Dos guardias la reconocen y la dejan pasar sin preguntas. Ya la esperan.

—¿Qué información has conseguido? —pregunta el comisario Fernández.

—Son unos mil hombres. Cruzarán por Villa Hayes el fin de semana —dice Esperanza mientras desdobla un papel que tenía en la cartera.

—¿Qué tipo de armamento tienen?

—Llevarán armamento pesado escondido en barcazas de madera.

—¿Quiénes son los jefes?

Esperanza cierra los ojos un instante. Ve el rostro de Aurelio durmiendo confiado, ve sus manos acariciándola, escucha su voz prometiéndole París.

—Aurelio Benítez —dice—, ex sargento de marina. Es quien dirige el grupo de asalto. Vicente Machuca coordina desde Argentina. Un piloto de apellido Sánchez maneja los contactos con la aviación…

El oficial toma notas rápidamente. En una hora, las patrullas fluviales estarán apostadas en los primeros seis puertos que hay sobre Asunción. Cuando llegue el momento, los aviones rebeldes encontrarán baterías antiaéreas esperándolos.

—Has servido bien a la patria, señorita Delgado —dice el comisario entregando el sobre con el dinero prometido—  Ahora avisaré al comandante que has cumplido.

—Muchas gracias —contesta ella, con un vendaval de pensamientos en la cabeza.

Cuando se despide y gira para salir, siente una mano golpeándole una nalga, mientras escucha al comisario decir:

—Si necesitas más plata avísame, el comandante no es el único que tiene mucha.

No contesta. Solo sale. Es la primera vez que alguien del gobierno toca su cuerpo, pero le hace dar cuenta de que ha sido manoseada por ellos por meses. Toca el sobre en su cartera y siente que es dinero manchado de sangre, que no ha sido derramada aún, pero que correrá con las primeras luces del día.

Se dirige hacia las vías del tren, y, pese a haber andado ya una cuadra, escucha aún gritos del comisario y el rugido de unas camionetas por salir, ávidas de sangre.

—Perdóname Aurelio, es por mamá —dice en voz baja mientras empieza a llorar.

Poco despés, y a pocos kilómetros de ahí, Aurelio despierta con el estruendo de pesadas botas subiendo la escalera de madera. Por un instante, aún perdido entre el sueño y la vigilia, busca el cuerpo tibio de Esperanza. Encuentra sábanas frías y el aroma fantasmal de su perfume.

Los golpes en la puerta lo devuelven rápidamente a la realidad. Salta de la cama, busca su pistola en el cajón de la mesa de noche. Sus manos tiemblan, pero no de miedo: de comprensión.

—Idiota, idiota —se dice a sí mismo.

—¡Abran! —gritan desde afuera— ¡Policía Nacional!

Mientras se apura en ponerse el pantalón, los fragmentos de la noche anterior se reordenan en su mente como las piezas de un rompecabezas macabro. Los silencios calculados. Las preguntas demasiado específicas. La forma en que ella evitó su mirada cuando él la habló de los planes.

La puerta se astilla bajo patadas decididas y salvajes. Tres oficiales irrumpen con los fusiles en alto. Están apuntando desde antes, no le dan tiempo de defenderse.

—Que puta carajo… ¡te amé de verdad! —dice para sí Aurelio antes de recibir un culatazo en la boca del estómago y ser esposado.

Cuando se lo llevan, Aurelio no mira hacia atrás. Ya sabe que en Villa Hayes sus compañeros encontrarán la muerte esperándolos como una amante puntual. Ya sabe que la revolución ha muerto en esta habitación que aún huele a jazmín, sudor y traición. No se lo perdona.

*

El sol de marzo se alza indiferente al dolor humano, y, sin apuros, pinta de oro las aguas del río Paraguay, donde más tarde flotarán, como flores ofrendadas, los cuerpos de cientos de hombres que creen en la libertad.

Es media mañana cuando Esperanza llega a su casa en la zona de la estación de trenes en Trinidad. Le duelen un poco los pies, pero más el alma. Se seca las lágrimas y ensaya una sonrisa antes de entrar. Saca el sobre con dinero de su cartera pensando en sorprender a su familia. Las cotorras de los árboles del patio vuelan cuando ella ingresa al domicilio y la escuchan gritar. En un solo día, la mujer pierde a 4 personas que amaba.

Fin.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Lutería en Luque. Una historia ilustrada

Lutería en Luque. Una historia ilustrada, es una revista para pintar dirigida a niños y niñas, resultado del proyecto del mismo nombre, presentado a la Secretaría Nacional de Cultura y beneficiado con los Fondos de Cultura para Proyectos Ciudadanos 2025.

La presentación de dicho material se realizó en el paseo peatonal Digno García, del centro de la ciudad de Luque, el pasado miércoles 17 de diciembre, en una jornada planteada para que niños y niñas pinten y conozcan a algunos artesanos.


Por parte de la Asociación de artesanos fabricantes de arpas y guitarras, Oñondivepa, estuvieron presentes: Nicasio Díaz, maestro lutier de arpas; Miguel Villalba, maestro artesano en guitarra, y; Raúl Rodríguez, secretario de la asociación. La actividad contó con el apoyo de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Luque, de la cual participó la directora, Lic. Belén Villamayor.

Antes del conversatorio, jóvenes del elenco folklórico de la escuela municipal de danzas de Luque deleitaron al público con bailes nacionales. Una de las parejas de bailarines mostró algunos de los bailes con que representaron a Paraguay en Honduras, en junio.

El momento central se constituyó en un espacio de encuentro entre los niños de Luque -estuvieron unos 30 de ellos- y los lutieres artesanos de la ciudad, pues son los actores que debían conversar para que se rescate y mantenga vivo este legado, pilar fundamental de la identidad de la ciudad.

Los niños preguntaron cuánto tiempo lleva hacer un arpa, cuántas cuerdas tiene, hace cuánto hay guitarras en Paraguay, cuáles son sus partes. Se interesaron también por las maderas que se utilizan y hasta por los detalles que distinguen los instrumentos luqueños de los de otros lugares.

La actividad no tuvo costo y finalizó con una merienda para los participantes.

Interesados en el material pueden acceder al mismo, en formato digital, en el sitio web LUTERÍA EN LUQUE.